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Archive for the ‘Psicología’ Category

Son muchos los factores que influyen en el bienestar que una persona siente con su pareja. En una noche cualquiera, cuando ambos miembros duermen juntos, pueden darse múltiples posturas. Sin embargo, cada pareja tiene su propio patrón de comodidad en la cama, que puede ir variando según lo bien que se sientan juntos.

¿Qué dice de nuestra relación nuestra postura al dormir? En Parship, expertos en relaciones sentimentales han estudiado el estado de las parejas de enamorados y han corroborado que la postura que se adquiere involuntariamente a la hora de dormir es distinta según el estado de la relación:

  • Fugitivos: descansando de lado, con las piernas ligeramente encogidas, como en posición fetal. Se mira hacia el mismo lado que la pareja, pero sin tocarla. Esta posición refleja una relación equilibrada pero más racional que sentimental.
  • Cabeza con vientre: cuando uno apoya la cabeza para dormir en la barriga del otro, es señal de que la relación es muy afectuosa y hay mucha complicidad entre los dos. Existe un equilibrio excelente y está claro cuál de los dos es el dominante.
  • De caballito: uno duerme de lado y el otro se monta en su espalda, rodeándolo con los brazos por detrás. El que monta espera más en algún aspecto de la relación y está más involucrado en su mantenimiento que el otro.
  • De cucharita: los dos se acomodan uno contra la espalda del otro, como si fueran dos cucharas pegadas. Según los expertos,  esta posición es la más identificativa como símbolo de una relación de pareja equilibrada a la perfección.
  • La sumisión: uno de duerme a cierta distancia, mientras que la mano del otro descansa en su cuerpo. El apoyar la mano en el cuerpo del otro es indicativo de que el que lo hace siente cierta inferioridad y falta de seguridad frente a la persona en la que se apoya.
  • Los mimos: uno imita la posición del otro durante el sueño. Es indicativo de una compenetración a nivel espiritual muy fuerte e inconsciente entre los dos miembros de la pareja.
  • Espalda con espalda: si se están tocando, indica una confianza total del uno en el otro.
  • La evasión: también de espalda contra espalda, pero es una variante de la postura anterior, con connotaciones negativas. Aquí no hay ni un solo punto de contacto entre ambos, y eso equivale a un deterioro de la pareja en términos de romance y pasión.
  • Amontonados: si cada uno duerme mirando hacia un lado distinto y con las piernas entrelazadas en las del otro, está presente un deseo de intimidad y de contacto muy grande entre ambos. A los dos miembros les resulta prácticamente imposible mantenerse separados, ni siquiera por la noche.
  • El abusivo: uno acapara la mayor parte de la cama y deja al otro un espacio muy reducido. El que ocupa más espacio es el dominante en la pareja. Además, muestra egoísmo respecto a sus necesidades en la pareja y es menos empático con la otra persona de lo que ella lo sería con él.

El estudio ha sido validado como efectivo y los resultados de la relación postura al dormir – estado de la pareja se han verificado. La satisfacción con la pareja es algo que se manifiesta involuntariamente a lo largo de todo el tiempo que se pasa con ella. Si no se está satisfecho, se nota en pequeñas miradas, silencios o confrontaciones sin importancia que pueden llegar a agravarse. De la misma forma, prestar atención a cómo duerme esa persona también puede ser buen indicativo de si es feliz a nuestro lado.

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Etimológicamente, psicología proviene de la unión de las palabras griegas ψῡχή (psykhē, que significa alma) y λογία (logíā, que significa estudio o ciencia). Por lo tanto, originalmente la psicología era entendida como el estudio del alma. Es a este significado primigenio al que hace referencia la primera acepción del diccionario de la Real Academia Española cuando la describe como «parte de la filosofía que trata del alma, sus facultades y operaciones». Sin embargo esta definición no se ajusta a la realidad actual de la disciplina.

Hoy en día la psicología ha dejado atrás sus raíces filosóficas y se ha transformado en una ciencia que estudia principalmente el comportamiento y la cognición de las personas. Debido a la enorme variabilidad de nuestra conducta, dependiendo del entorno en el que nos encontremos, la psicología se ha subdividido en decenas de especialidades para poder abarcar el enorme espectro del comportamiento. Así, por ejemplo, nos podemos encontrar con la Psicología Educativa que estudia el comportamiento en las situaciones escolares; con la Neuropsicología que se encarga de investigar las consecuencias de las lesiones cerebrales sobre la conducta.

Pero la psicología no se limita al estudio del comportamiento y el pensamiento, sino que abarca también las relaciones interpersonales, la personalidad, la emoción, el lenguaje, la memoria, la inteligencia, la percepción, la atención y las funciones biológicas subyacentes a todas estas funciones.

Después de todo lo anterior resulta evidente que no es fácil encontrar una respuesta sencilla a una pregunta en apariencia tan inofensiva como la que nos ha traído hasta aquí. Realmente podríamos quedarnos con la respuesta más común y simple «la psicología es la ciencia que estudia el comportamiento». Pero para que esta definición sea válida tenemos que pararnos a pensar con detenimiento qué es y qué implica el comportamiento para no quedarnos con una comprensión demasiado superficial. Pongamos como ejemplo una conducta de agresión, para explicar correctamente ese suceso no podríamos limitarnos a describir el comportamiento (Pepe le pega a Juan), tenemos que investigar qué hay debajo de todo lo que vemos. ¿Por qué le pega Pepe? ¿Ha dicho algo Juan? ¿Tenían alguna relación anterior? ¿Cómo es Pepe normalmente? ¿Padece alguno de los dos algún tipo de trastorno?… Para analizar correctamente el comportamiento hay que estudiar muchos factores, como los que enumeramos más arriba (personalidad, atención…) Por lo tanto debemos entender el comportamiento no sólo como la conducta observable sino también como los cientos de procesos (biológicos, mentales y sociales) que dan lugar a esa conducta. Es de todos esos procesos de los que se encarga la psicología.

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En esta entrada seguiremos describiendo los distintos tipos de síndrome amnésico como continuación de una entrada anterior.

Amnesia global transitoria

Este tipo de amnesias suele presentarse en sujetos con una edad comprendida entre los 50 y 70 años, siendo más proclives apadecerla los hombres que las mujeres. El inicio de la amnesia ocurre de forma repentina, quedando el paciente ansioso, perplejo y repitiendo las mismas preguntas porque no recuerda haberlas realizado antes. Su duración oscila entre las 3 y las 24 horas, con una media de 6. El tipo de amnesia que aparece es anterógrada de predominio verbal, estando poco afectada la memoria a corto plazo, así como el conocimiento general. Aunque su etiología es aún desconocida, se cree que podría deberse a alteraciones de tipo vascular. Para poder diagnosticar este tipo de amnesia es necesario haber descartado mediante técnicas de neuroimagen cualquier lesión que explique el episodio.

Amnesia postraumática

Tras un traumatismo craneoencefálico (TCE) es frecuente que se produzca una pérdida de memoria. Se denomina amnesia postraumática al periodo comprendido entre un TCE y la restauración de la memoria para los hechos cotidianos. Por lo general, cuanto mayor es la severidad del TCE más largo será el periodo de amnesia y las secuelas crónicas que presente la memoria serán más graves. Suele haber una correlación entre la severidad de la amnesia anterógrada y el alcance de la amnesia retrógrada, aunque esta última suele ser de corta duración, no alcanzado más allá de los 30 minutos previos al TCE. La mayoría de los casos de amnesia postraumática son reversibles, aunque en pacientes con una amnesia postraumática superior a una semana, el 50% presenta dificultades de memorización de nueva información.

Amnesia asociada a la Terapia Electroconvulsiva

A día de hoy la Terapia Electroconvulsiva (TEC) es un tratamiento perfectamente válido para diversos trastornos psíquicos, particularmente para ciertos tipos de depresión. Uno de los principales efectos secundarios de la TEC es la pérdida de memoria. Tras la aplicación de la TEC se da un periodo de desorientación que suele ir seguido de un periodo de amnesia retrógrada y amnesia anterógrada. La función cognitiva normal suele restaurarse en un periodo comprendido entre 1 y 7 días; aunque los pacientes pueden quedar amnésicos para la información aprendida durante varios días tras la TEC. En la actualidad se desconoce cómo afecta la TEC a nivel neurobiológico.

Amnesia asociada a la epilepsia

Los pacientes epilépticos, con frecuencia, pueden presentar déficits de memoria, particularmente cuando el foco está ubicado en el lóbulo temporal. El tipo de alteración varía en función de la localización exacta del foco. Así, la focalización en el temporal izquierdo conllevará alteraciones de la memoria verbal, en el temporal derecho implicará a la memoria no verbal y la focalización frontal no influirá en el rendimiento de la memoria. Los mecanismos neurofisiológicos por los cuales la epilepsia interfiere en la capacidad de aprendizaje son principalmente la interrupción de los procesos de codificación y consolidación de la información.

Fuente: Román Lapuente, F., del Pino Sánchez, M. y Rabadán Pardo, M. (2010). Neuropsicología. Murcia: Diego Marín.

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El objetivo de este post es el de aclarar las diferencias que existen entre estos dos términos, ya que es muy común creer que puedan tener un mismo significado, esta confusión se da muy a menudo, por eso resulta necesario explicar su distinción.

El DSM IV (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos mentales) define el delirio como: «una falsa creencia basada en una inferencia incorrecta relativa a la realidad externa, que es firmemente sostenida, a pesar de que casi todo el mundo cree y a pesar de cuanto constituye una prueba o evidencia incontrovertible y obvia de lo contrario»

La alucinación es definida como: «Experiencia sensorial organizada que es producto de la mente del paciente y que no existe en el mundo externo, las modalidades más frecuentes de las alucinaciones son la auditiva y la visual, y las menos frecuentes la táctil y gustativa.»

Básicamente, como se puede comprobar con las definiciones que aporta el DSM IV, las diferencias que existen entre estos dos términos son evidentes, ya que la alucinación es totalmente inventada por la mente, no es producto de la distorsión de ningún objeto presente, se percibe algo sin tener en cuenta los estímulos externos. En cambio el delirio se produce bajo la distorsión de un estímulo externo. Consiste en una creencia errónea de la realidad sobre un hecho u objeto existente.

Ambos síntomas tienen en común, que los individuos quienes los padecen están totalmente convencidos de que lo que perciben es totalmente real, y no admite discusión. Dichos individuos, se suelen dar cuenta del problema al intentar compartir sus experiencias perceptivas con quienes les rodean. Ambos son síntomas psicóticos característicos, sin que necesariamente formen parte de una  patología, pueden aparecer en situaciones de estrés, bajo déficits sensoriales, o por causas externas como intoxicaciones debidas a diferentes medicamentos y drogas.

Bibliografía:

  • DSM-IV. American Psychiatric Association. (1994). Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (4th ed.). Washington, DC.

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En algún momento de vuestras vidas es posible que hayáis experimentado esta sensación: la de al despertar, siendo totalmente conscientes de lo que hay alrededor, e incluso pudiendo escuchar comentarios de personas que están ahí en ese momento,  se apodera una extraña sensación de inmovilidad corporal, de inmediato el miedo os invade, los pensamientos que te dicen que eso no es normal, que sucede algo, sólo controlas tu mente, mientras ha desaparecido el vínculo motor que hace que  puedas moverte y levantarte como pretendes, ese momento de angustia, hace que tus pulsaciones aumenten, el ritmo cardiaco se acelera, no han pasado más de unos segundos o pocos minutos y ya has experimentado pensamientos que te hacen sentir la muerte muy de cerca, piensas incluso que se trata de un suceso paranormal.

De repente todo vuelve a la normalidad, puedes mover tu cuerpo, recuperas el tono corporal normal y vuelves al alivio de saber que ha sido un susto. Pero tienes la intriga sobre qué ha podido suceder, porqué has tenido esa sensación tan angustiosa. De esa manera comienzas a dar conclusiones y explicaciones de todo tipo, que puede desembocar en asuntos tremendamente disparatados.

Si te ha sucedido eso en alguna ocasión, significa que has pasado  por tu primera experiencia de parálisis del sueño.  ésta es una parasomnia (un trastorno del sueño que se caracteriza por episodios breves del despertar sin que existan alteraciones de interrupción del sueño) de las menos conocidas y la más benigna.

Es un fenómeno que puede durar entre unos pocos segundos hasta 2 ó 3 minutos, representa una inmovilidad y parálisis de todos los músculos esqueléticos, excepto los de la respiración y extraoculares, esta atonía muscular es característica en la fase REM (movimientos oculares rápidos) del sueño, con la diferencia en esta situación de que estamos ya despiertos.

Existe más posibilidades de que ocurra estando durmiendo en posición del cuerpo hacia arriba, y por la mañana al despertar en la fase REM del sueño, en la transición del sueño a la vigilia, en lo que se denomina una forma postdormital o hipnopómpica del sueño, en menor frecuencia puede aparecer también al inicio de la noche con la transición vigilia-sueño, dándose lugar la forma predormital o hipnagógica.

Una vez en este estado la vuelta a la movilidad corporal puede producirse espontáneamente o mediante estímulos externos, como el hecho de que nos toque alguien. No es frecuente que se trate de un hecho recurrente, en la mayoría de los casos se presenta en alguna ocasión aislada, cerca del 50% de la población a lo largo de su vida ha tenido alguna vez esta experiencia, a la que se considera habitualmente, debido al desconocimiento, como una experiencia de estar fuera del cuerpo y otros fenómenos extraños.

Existen múltiples causas, por las cuales se experimenta este fenómeno: los habitos irregulares del sueño, fatiga o situaciones de estrés continuo, cambios de turno en el trabajo, jet lag, y el consumo habitual de sustancias tales como el alcohol y la cafeína, e incluso el hecho de dormir hacia arriba, son predisponentes para padecer en alguna ocasión este trastorno, que supone una breve experiencia dramática y angustiosa, sobre todo en la primera vez que se experimenta, ya que en las siguientes ocasiones la persona toma consciencia de que no va a ocurrir nada, y que ya ha pasado por eso.

De forma más recurrente puede producirse en personas con Narcolepsia, y en trastornos de ansiedad (especialmente en el trastorno de angustia), así como en los de estado de ánimo.

Este fenómeno como ya se ha dicho anteriormente no presenta ningún problema, ya que es la consecuencia de las causas que se han mencionado, de forma recurrente puede ser indicativo de un trastorno de ansiedad o estado de ánimo.  El trastorno de la Parálisis del sueño en sí mismo no representa ningún daño, pero es evidente que sobre todo cuando se experimenta por primera vez, causa una sensación de angustia, malestar e incluso de falta de respiración, debido a los pensamientos de preocupación, el hecho de tomar consciencia de que no se trata de nada grave en realidad, puede hacer que se controle mejor la situación, por ende no hay a lo que temer, en cuanto a lo que se refiere con la parálisis del sueño.

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La creencia popular tan extendida entre psicólogos durante años, ha quedado desbancada.

Entre todos es muy conocida la idea de que, si una persona relata un hecho falso, su mirada se dirige a la derecha. Cuando mira hacia la izquierda, en cambio, se interpreta como que está recordando. Esto se ha enseñado en la carrera de Psicología, ha sido utilizado como herramienta por muchos psicólogos para efectuar diagnósticos y se ha explicado como materia en cursos de lenguaje no verbal y comunicación humana.

Han sido los investigadores de la Universidad de Edimburgo y de la Universidad de Hertfordshire quienes han realizado este inesperado hallazgo: basándose en la relación que se supone entre el movimiento de los ojos y el pensamiento, han intentado corroborar que un mentiroso mira hacia la derecha mientras construye su versión de la historia.

Se han utilizado personas voluntarias para el experimento. Los voluntarios debían contar una historia que podía ser real o inventada, mientras estaban conectados a aparatos que registraban el movimiento de sus ojos.

Si la teoría hubiera sido cierta, los ojos de los voluntarios, cuando mentían, se habrían dirigido más hacia la derecha que hacia cualquier otra dirección, pero no ha sido así.

Como dato curioso, se utilizaron mentiras preparadas por los investigadores y mentiras llevadas por los propios voluntarios, entre las que se encontraban hablar de familiares desaparecidos que en realidad no lo estaban.

Caroline Watt, una de los investigadores de la Universidad de Edimburgo, afirmó, tras ver los resultados, que “es hora de abandonar esta manera para detectar el engaño«.

No hay ninguna relación entre  la dirección a la que miramos y si decimos la verdad. De hecho, se ha comprobado, también con voluntarios, si entre dos personas que conversan, una puede detectar cuándo la otra le está mintiendo. Tampoco se ha demostrado.

Ni el que miente mueve los ojos en una dirección determinada, ni el que escucha puede detectar su mentira observando su mirada. Así que, habrá que buscarse otros medios para averiguar cuándo nos están diciendo la verdad…

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¿Es cierto que podemos formar nuestra personalidad a partir de la gente que nos rodea? Las personas nos valemos del entorno para sentirnos bien con nosotras mismas. Cuando nos definimos, lo hacemos en base a la mentalidad de nuestra cultura y de quienes comparten nuestra vida diaria.

La autoevaluación es comparación.

Pero esto no es algo que se haga a la ligera: compararnos con cualquier persona puede ser muy dañino para nuestra autoestima, y eso es algo que sabemos. Si queremos ser unos grandes físicos y nos comparamos con Albert Einstein, es muy posible que nos de un bajón anímico y desechemos la idea de adentrarnos en el mundo de la Física. Si hemos estudiado inglés en el instituto y nos comparamos con un niño que apenas sabe formular preguntas, nos sentiremos inteligentes. Podemos llevar a cabo un acto de humildad y decir “sólo es la experiencia, llevo muchos años aprendiendo inglés”, pero no dejaremos de sentir ese bienestar por haber demostrado nuestro dominio superior en una rama del saber. Estas comparaciones son algo inherente al ser humano, y es algo que se puede aplicar a cualquier ámbito de la vida:

  • A nivel personal
    Yo soy más buena o más mala persona que los que me rodean, yo soy menos responsable que ella, yo soy más estúpido”. Por lo tanto “soy bueno (o malo), irresponsable y estúpido”.
  • A nivel  académico
    La nota media para acceder a la carrera que quiero está en un 7,8 y yo he sacado un 6,5. Estoy por debajo de la media, no soy inteligente”. Y de ahí, es posible llegar a un “yo no valgo para estudiar esa carrera”.
  • A nivel profesional
    Mis compañeros de trabajo no rinden tanto como yo: soy mucho más competente que ellos”. Y de ahí llegar a decir, fuera del trabajo “soy muy competente, rindo mucho en mi trabajo, más que cualquiera”.
  • A nivel social
    “En mi comunidad religiosa si no crees en Dios no eres una buena persona. Yo no creo en Dios, por lo tanto, soy un rebelde de mi comunidad, un antirreligioso, una mala persona”.

Entonces, ¿por qué utilizamos estas comparaciones, si pueden hacernos sentir peor? A simple vista no parece muy útil.

La respuesta se puede encontrar en los ejemplos expuestos: elegimos aquellas comparaciones que nos hacen sentir bien, aquellas en las que “salimos ganando” al compararnos con otro. Sólo cuando no es posible encontrar a nadie para quedar por encima nos comparamos quedando por debajo, como sucede en el caso de la comunidad religiosa. Resulta inevitable que nos comparemos con los demás, así que si no podemos compararnos para quedar bien, automáticamente lo haremos para quedar mal.

¿Cómo nos comparamos?

Utilizamos fundamentalmente tres técnicas:

  • Comparación con personas que consideramos superiores
    La efectuamos con gente que admiramos. Se afirma tener aspectos en común con ellos. Así, damos la impresión de que nos parecemos y obtenemos el mismo reconocimiento que ellas. Estas personas pueden ser famosas o un ser querido:
    Yo no me he sacado la ESO, ¿y qué? Einstein tampoco, y mira dónde lle
    “¿Qué dices de mi sueldo? Mi padre sacó adelante a mi familia con mucho menos”.
  • Comparación con personas que consideramos al mismo nivel
    ¿Ves esa chica, la que está rodeada de gente? Pues yo me junto con ella
    ¿Que ha ganado el partido? Pues claro que lo ganó, ¡es español!
  • Comparación con personas que consideramos inferiores
    Es la más sencilla, la más efectiva, y la más utilizada.
    Tengo la mejor colección, ninguno de mis amigos tiene tantos como yo
    No le preguntes a él, no entiende de estas cosas. Yo sí que entiendo

Y, efectivamente, así es como nos valemos de los demás para crear una imagen de nosotros mismos. Los que padecen depresión o no se quieren a sí mismos, en muchas ocasiones se encuentran influidos por la comparación que hacen de sí con la gente que les rodea: si se perciben como inferiores o menos competentes, su autoestima decae y pueden llegar a creerse que no valen para nada. De la misma forma, también existe una variante de este fenómeno en el extremo opuesto: el narcisismo es un trastorno psicológico en el que la persona piensa que es la mejor en todo, y que los demás están por debajo de él.

Y no da la impresión de que la comparación social influya tanto en nosotros, ¿verdad?

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El término Burnout apareció a mediados de la década de los 60, su traducción literal es estar quemado o agotado, en relación a las actividades emprendidas como trabajador.

El síndrome de Burnout es característico en puestos de empleo en los que se está constantemente en contacto con los usuarios que demandan un servicio, profesiones relacionadas con la salud enseñanza o seguridad pública son las causantes de un mayor riesgo entre sus trabajadores de padecer este síndrome. Aunque actualmente se considera que puede aparecer en cualquier tipo de profesión y trabajo.

Los síntomas del síndrome de Burnout son de gran variedad, prevaleciendo el agotamiento tanto físico como mental y emocional, lo que lleva al trabajador a experimentar una fatiga crónica, apatía y desmotivación, lo cual se asocia a una evidente insatisfacción laboral, uniéndose sentimientos de desesperanza, incapacidad profesional, y falta de entusiasmo en general por la vida.

Pines y Aronson (1988) defienden la idea de que los trabajadores más propensos a padecer este síndrome, son aquellos que comienzan sus trabajos con fuertes deseos de realización personal, mostrando altas expectativas y manteniéndose idealistas, sintiendo que el trabajo es lo que da sentido a sus vidas, mediante una gran vocación social se encuentran motivados y entusiasmados. Este estado inicial para afrontar un trabajo, al pasar periodos largos e intensos, dicha actitud acaba volviéndose en su contra, ahogándolos, al haber estado bajo una implicación intensa y constante, en una repetida presión emocional que los catapulta al abismo, en consecuencia se vuelven vulnerables a padecer el síndrome de Burnout. El efecto habría sido como el de una montaña rusa, en el que pasarían de estar en lo más alto a precipitarse al extremo opuesto de forma irreversible.

Seguro que os habéis encontrado con personas de este tipo que os hayan atendido en su puesto de trabajo, son fácilmente identificables ya que se caracterizan por su deshumanización, cinismo y apatía, mostrando total indiferencia e incompetencia. Este sentimiento se vuelve crónico, y en consecuencia afectando al rendimiento profesional como al estado de ánimo en general, dominado por la negatividad. Son realmente personas «quemadas» por su trabajo.

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El término amnesia hace referencia a un déficit del funcionamiento normal de la memoria. Al hablar de amnesia nos podemos referir a dos tipos de déficits: amnesia anterógrada, que se refiere a la afectación de la capacidad de adquirir información nueva procedente de cualquier modalidad sensorial, y amnesia retrógrada, que se refiere a la afectación de la capacidad de evocar información adquirida con anterioridad al momento en el que se produjo la afectación cerebral. Estos dos tipos de déficits pueden presentarse tanto conjunta como independientemente.

La etiología de las amnesias es muy variada, pueden producirse alteraciones mnésicas por patologías vasculares, enfermedades infecciosas, anoxias, tumores, lesiones cerebrales por traumatismo craneoencefálico, alcoholismo, desnutrición, epilepsia, determinados fármacos y diversos procesos psicológicos. 

Síndrome amnésico puro

Se produce como consecuencia de una lesión bilateral de los hipocampos. Produce amnesia anterógrada grave e irreversible y un cierto grado de amnesia retrógrada, afectando más a los recuerdos recientes que a los antiguos. Afecta únicamente al sistema de memoria explícita, dejando intacta la memoria implícita. Los pacientes con este trastorno conservan el resto de sus capacidades cognitivas complejas como el lenguaje o el razonamiento abstracto. Este trastorno puede ser causado por una anoxia cerebral durante una parada cardiorrespiratoria (que produciría la destrucción de células nerviosas en los hipocampos), encefalitis hepática (que causa necrosis en la circunvolución parahipocámpica, amígdala y cerebro basal anterior) o tumores cerebrales que afecten al fórnix.

Amnesia diencefálica

Se produce por una afectación del tálamo o el hipotálamo. Un ejemplo de amnesia diencefálica es el Síndrome de Korsakoff, en el que se produce amnesia debido al déficit de tiamina como resultado de una prolongada ingesta de grandes cantidades de alcohol. Los síntomas son: severa amnesia anterógrada, amnesia retrógrada con una mayor afectación de los recuerdos recientes, confabulaciones (invención de historias para rellenar los espacios en blanco), apatía y falta de conciencia del propio trastorno. Lo único que se puede hacer con este síndrome es detener su avance mediante la administración de tiamina Sólo un 20% de los pacientes muestra algún signo de mejora leve.

Amnesias selectivas

Este tipo de amnesias se producen por lesiones unilaterales de las estructuras implicadas en la memoria o por la desconexión entre la corteza y dichas estructuras. Las alteraciones temporales unilaterales producen una pérdida de memoria de material específico, por ejemplo, las lesiones temporales izquierdas producen una alteración en la memoria de tipo verbal, mientras que las temporales derechas afectan a la memoria no verbal. Las amnesias por desconexión se caracterizan por las áreas que han sido desconectadas, por ejemplo, la desconexión entre las áreas visuales de la corteza y las estructuras temporales mediales produce una pérdida de memoria para las ubicaciones espaciales.

Continuaremos describiendo más tipos de amnesias en una próxima entrada del blog.

Fuente: Román Lapuente, F., del Pino Sánchez, M. y Rabadán Pardo, M. (2010). Neuropsicología. Murcia: Diego Marín.

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Cuando existe un conflicto (entendido como la confrontación de puntos de vista discrepantes), uno de los principales factores que determinan cómo será resuelto es el estilo de comportamiento de las partes implicadas. Por estilo de comportamiento se entiende la organización intencional de signos verbales y no verbales que permiten comunicar una información directa sobre el objeto de juicio, así como la intención presente y futura de la persona que lo adopta. Por ejemplo, un estilo de comportamiento consistente se caracteriza por la adhesión firme a un postulado o creencia, por la evitación de las contradicciones e incluso por elaboración de una prueba lógica para demostrar la solidez de esa creencia a la que uno se adhiere. Otros estilos pueden ser la autonomía, la equidad o la rigidez.

Moscovici defiende que las minorías pueden ejercer influencia social siempre que su estilo de comportamiento sea consistente a la hora de mantener su posición. La consistencia en el comportamiento tiene dos componentes. En primer lugar, los miembros de la minoría deben mantener una posición estable a lo largo del tiempo. Cuando esto sucede decimos que existe consistencia diacrónica. El otro componente de la consistencia, la sincrónica, tiene que ver con que todos los miembros de la minoría deben expresar su postura de forma consistente, sin fisuras ni contradicciones.

Moscovici, Lage y Naffechoux (1969) realizaron un experimento para intentar demostrar que, si se dan las condiciones explicadas arriba, es posible que una minoría influya sobre el criterio de la mayoría. En este experimento los sujetos trabajaban en grupos de seis personas, dos de los cuales eran en realidad cómplices del experimentador. La tarea consistía en determinar el color y la intensidad luminosa de una serie de diapositivas que, en realidad, eran todas azules. Al comenzar, todos los sujetos se sometían a un test de daltonismo con el fin de que todos los participantes tuvieran claro que el resto veía correctamente. Una vez aplicada esta prueba, se les presentaba una serie de 36 diapositivas. En la condición de minoría consistente, los cómplices respondían “verde” en todas las ocasiones, lo cual les hacía diacrónica y sincrónicamente consistentes. En la condición de “no consistencia” respondían “verde” sólo en 24 ocasiones. En la condición de control los sujetos eran todos ingenuos.

Sólo un 0,25% de los sujetos de la condición de control mencionaron alguna vez el color verde en sus juicios. En la condición en la que existe una minoría con un comportamiento no consistente el porcentaje es algo mayor, 1,25%, pero la diferencia no es significativa. Frente a estas condiciones, cuando el comportamiento de la minoría es consistente, los sujetos de la mayoría contestaron «verde» un 8,42% de las veces. En cuanto al porcentaje de sujetos, un 32% de los miembros de la mayoría mencionó en alguna ocasión el color verde.

Lo que acabamos de comentar es la influencia de la minoría sobre los juicios públicos, los emitidos en voz alta en presencia de los demás. En otra parte del experimento se presentaron en privado a cada sujeto otras 16 diapositivas para que dijera si eran azules o verdes. Tres de ellas eran azules, tres verdes y el resto verdiazules. Lo que se observó es que, a diferencia de los sujetos del grupo control, los sujetos de las condiciones experimentales juzgaban las diapositivas verdiazules más verdes que azules. Además, esta tendencia se acentuaba en los sujetos que en público no habían dado un juicio de “verde”, lo cual se interpreta como indicativo de que la complacencia en público no es una condición necesaria para obtener un cambio privado en los juicios. El experimento que acabamos de resumir muestra claramente que una minoría consistente puede tener un claro efecto sobre los juicios públicos y privados que emiten los miembros de un grupo mayoritario.

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