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Posts Tagged ‘Psicología social’

La creencia popular tan extendida entre psicólogos durante años, ha quedado desbancada.

Entre todos es muy conocida la idea de que, si una persona relata un hecho falso, su mirada se dirige a la derecha. Cuando mira hacia la izquierda, en cambio, se interpreta como que está recordando. Esto se ha enseñado en la carrera de Psicología, ha sido utilizado como herramienta por muchos psicólogos para efectuar diagnósticos y se ha explicado como materia en cursos de lenguaje no verbal y comunicación humana.

Han sido los investigadores de la Universidad de Edimburgo y de la Universidad de Hertfordshire quienes han realizado este inesperado hallazgo: basándose en la relación que se supone entre el movimiento de los ojos y el pensamiento, han intentado corroborar que un mentiroso mira hacia la derecha mientras construye su versión de la historia.

Se han utilizado personas voluntarias para el experimento. Los voluntarios debían contar una historia que podía ser real o inventada, mientras estaban conectados a aparatos que registraban el movimiento de sus ojos.

Si la teoría hubiera sido cierta, los ojos de los voluntarios, cuando mentían, se habrían dirigido más hacia la derecha que hacia cualquier otra dirección, pero no ha sido así.

Como dato curioso, se utilizaron mentiras preparadas por los investigadores y mentiras llevadas por los propios voluntarios, entre las que se encontraban hablar de familiares desaparecidos que en realidad no lo estaban.

Caroline Watt, una de los investigadores de la Universidad de Edimburgo, afirmó, tras ver los resultados, que “es hora de abandonar esta manera para detectar el engaño“.

No hay ninguna relación entre  la dirección a la que miramos y si decimos la verdad. De hecho, se ha comprobado, también con voluntarios, si entre dos personas que conversan, una puede detectar cuándo la otra le está mintiendo. Tampoco se ha demostrado.

Ni el que miente mueve los ojos en una dirección determinada, ni el que escucha puede detectar su mentira observando su mirada. Así que, habrá que buscarse otros medios para averiguar cuándo nos están diciendo la verdad…

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Es un hecho que las personas tendemos a pensar de nosotras mismas de manera favorable. Normalmente, nos mostramos orgullosos de nuestros logros y nos sentimos competentes en los campos que nos importan. Gracias a esto, nos sentimos bien con nosotros mismos. Sin embargo, esta visión es un engaño que nos dificulta ver cómo somos realmente.

Para estar satisfechos con nosotros mismos y seguir viéndonos competentes, utilizamos, sin darnos cuenta, los procesos de autoengaño. Estos son los siguientes:

  • Efecto “superior a la media”: se refiere a las visiones infladas que las personas tienen de sus capacidades. Los profesores creen que son más competentes dando clases que sus compañeros de profesión; los adolescentes, que tienen más control sobre el consumo de drogas que sus compañeros.

  • Ilusiones de control: la creencia de que se pueden controlar los resultados de sucesos que no dependen de nosotros. Se da sobre todo en sucesos aleatorios, como quien cree que tiene más posibilidades de que le toque la lotería por utilizar ciertos números, o que las personas más hambrientas crean tener más posibilidades de ganar una hamburguesa que las no hambrientas.
  • Optimismo irrealista: casi todo el mundo cree que el futuro le sonríe; tendrán más experiencias positivas que el resto de personas, y no les irá tan mal como a las personas mayores que conocen, y que no han tenido la vida que esperaban. Esta visión de futuro se extiende también a los seres queridos, de forma que la gente cree que sus amigos y familiares tendrán mejores resultados en una entrevista de trabajo, en un viaje o en un futuro lejano que el resto de personas implicadas en esas experiencias.

  • Sesgo atribucional de autoenaltecimiento: consiste en atribuir los éxitos a las causas internas y los fracasos a causas externas. Es muy común en los estudiantes que afirman que “han aprobado un examen”, porque cuando suspenden dicen que “el profesor les ha suspendido”. No creen que el suspenso sea suyo, sino causa del profesor, que es externo a ellos.

  • Rechazo mnémico: se recuerdan con mucha más facilidad los puntos fuertes que las debilidades. Por ejemplo, una persona habla mucho más de que es alguien que quiere mucho a su pareja, que del hecho de que pueda serle infiel.

  • Aceptación y refutación selectivas: se adopta una actitud crítica ante las críticas y benévola ante las alabanzas. En muchas ocasiones, no se está de acuerdo en que se halla cometido un error y se producen enfados cuando alguien lo dice; pero si lo que se está diciendo es que ha tomado una buena decisión, la persona acepta de buen agrado el comentario.

  • Comparación social estratégica: resulta mucho más cómodo para la persona compararse con grupos sociales que estén considerados más bajos al suyo o de peor calaña. Así, un rico se compara con un pobre porque el pobre está peor reconocido que él, y le sirve para sentirse superior. También puede compararse con personas que considera de su mismo nivel o nivel superior, pero las razones son diferentes.

  • Interpretación selectiva: se trata de comparaciones sociales en las que se altera el resultado para que parezca favorecedor, es decir, que a las personas les parecen más positivas las cosas que tienen los atributos que creen que poseen, y más negativas las cosas que tienen los atributos que no poseen. Así, si alguien cree que es positivo saber de informática y sabe mucho, le gustarán más aquellas personas que sepan de informática que las que no. Si cree que saber de música es algo totalmente inútil, y ella no sabe de música, no le gustarán aquellas que tocan instrumentos.

Gracias a todas estas formas de autoengañarnos, podemos sentirnos mejor con la imagen que tenemos de nosotros mismos. Pero, a menudo, esta imagen no suele corresponderse con la realidad. Hemos de tener cuidado si queremos que los demás nos vean como a nosotros nos gustaría vernos.

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Cuando hablamos del autoconcepto nos referimos al conocimiento que las personas tienen de sí mismas. Se trata de una representación mental que alguién tiene sobre su forma de ser o de actuar en una situación concreta o de forma permanente. Una persona está utilizando un autoconcepto cuando se define a sí misma como “buena”, “incompetente” o “activa”.

Se distinguen tres tipos de autoconcepto en Psicología:

  • El yo individual se refiere a la idea que una persona tiene de sí misma en base a sus características personales. Sirve para diferenciarse de las personas que forman parte de su mismo contexto social, y lo que se busca conseguir con esta diferenciación es ensalzarse a uno mismo. El yo individual se manifiesta, por ejemplo, cuando alguien afirma que es “muy responsable” en comparación con el resto personas. Al afirmar esto, se protege del temor a que le juzguen como irresponsable y, además, queda por encima de los demás en esa cualidad.
  • El yo interpersonal hace alusión a las relaciones compartidas con otras personas. Se manifiesta en situaciones tales como estar con la pareja, un amigo, o participar en una conversación con un familiar. Se trata de relaciones significativas, y el yo interpersonal actúa con el objetivo de mantenerlas y ensalzar al otro participante. La persona se autoevalúa y deduce su forma de actuar y de ser gracias a su comportamiento en esas situaciones, por lo que puede llegar a la conclusión, por ejemplo, de que es “un irrespetuoso” si cree que ha faltado el respeto a alguien cuando tienen una discusión.
  • El yo colectivo surge con la pertenencia de la persona a grupos y categorías sociales. Es la idea que se tiene de uno mismo como miembro de un grupo y se diferencia de la que se tiene de aquellos que pertenecen a grupos distintos. Si en el yo individual se intenta ensalzar a uno mismo, y en el yo interpersonal a la persona con la que se interactúa, el yo colectivo intenta ensalzar al grupo al que se pertenece. Se forma a partir de la identificación con el grupo. Así, si alguien afirma que es “conservador” se está incluyendo dentro del grupo de “los conservadores” – como un partido político – y está asumiendo que tiene una forma de ser y de actuar similar a la que es característica de ese grupo social.

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Cuando existe un conflicto (entendido como la confrontación de puntos de vista discrepantes), uno de los principales factores que determinan cómo será resuelto es el estilo de comportamiento de las partes implicadas. Por estilo de comportamiento se entiende la organización intencional de signos verbales y no verbales que permiten comunicar una información directa sobre el objeto de juicio, así como la intención presente y futura de la persona que lo adopta. Por ejemplo, un estilo de comportamiento consistente se caracteriza por la adhesión firme a un postulado o creencia, por la evitación de las contradicciones e incluso por elaboración de una prueba lógica para demostrar la solidez de esa creencia a la que uno se adhiere. Otros estilos pueden ser la autonomía, la equidad o la rigidez.

Moscovici defiende que las minorías pueden ejercer influencia social siempre que su estilo de comportamiento sea consistente a la hora de mantener su posición. La consistencia en el comportamiento tiene dos componentes. En primer lugar, los miembros de la minoría deben mantener una posición estable a lo largo del tiempo. Cuando esto sucede decimos que existe consistencia diacrónica. El otro componente de la consistencia, la sincrónica, tiene que ver con que todos los miembros de la minoría deben expresar su postura de forma consistente, sin fisuras ni contradicciones.

Moscovici, Lage y Naffechoux (1969) realizaron un experimento para intentar demostrar que, si se dan las condiciones explicadas arriba, es posible que una minoría influya sobre el criterio de la mayoría. En este experimento los sujetos trabajaban en grupos de seis personas, dos de los cuales eran en realidad cómplices del experimentador. La tarea consistía en determinar el color y la intensidad luminosa de una serie de diapositivas que, en realidad, eran todas azules. Al comenzar, todos los sujetos se sometían a un test de daltonismo con el fin de que todos los participantes tuvieran claro que el resto veía correctamente. Una vez aplicada esta prueba, se les presentaba una serie de 36 diapositivas. En la condición de minoría consistente, los cómplices respondían “verde” en todas las ocasiones, lo cual les hacía diacrónica y sincrónicamente consistentes. En la condición de “no consistencia” respondían “verde” sólo en 24 ocasiones. En la condición de control los sujetos eran todos ingenuos.

Sólo un 0,25% de los sujetos de la condición de control mencionaron alguna vez el color verde en sus juicios. En la condición en la que existe una minoría con un comportamiento no consistente el porcentaje es algo mayor, 1,25%, pero la diferencia no es significativa. Frente a estas condiciones, cuando el comportamiento de la minoría es consistente, los sujetos de la mayoría contestaron “verde” un 8,42% de las veces. En cuanto al porcentaje de sujetos, un 32% de los miembros de la mayoría mencionó en alguna ocasión el color verde.

Lo que acabamos de comentar es la influencia de la minoría sobre los juicios públicos, los emitidos en voz alta en presencia de los demás. En otra parte del experimento se presentaron en privado a cada sujeto otras 16 diapositivas para que dijera si eran azules o verdes. Tres de ellas eran azules, tres verdes y el resto verdiazules. Lo que se observó es que, a diferencia de los sujetos del grupo control, los sujetos de las condiciones experimentales juzgaban las diapositivas verdiazules más verdes que azules. Además, esta tendencia se acentuaba en los sujetos que en público no habían dado un juicio de “verde”, lo cual se interpreta como indicativo de que la complacencia en público no es una condición necesaria para obtener un cambio privado en los juicios. El experimento que acabamos de resumir muestra claramente que una minoría consistente puede tener un claro efecto sobre los juicios públicos y privados que emiten los miembros de un grupo mayoritario.

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Asch (1951) ideó uno de los paradigmas experimentales que han marcado un hito en el campo de la influencia social y en el de la psicología social en general. Paradójicamente, su objetivo era plasmar en hechos la existencia de un individuo autónomo y defensor en contra de todo de la verdad. En su primer estudio invitó a siete estudiantes a participar en un experimento sobre discriminación visual. La tarea de estas personas era bastante sencilla: tenían que decidir en 18 ocasiones cuál de tres líneas era semejante en longitud a una línea patrón. En cada una de las comparaciones había efectivamente una línea patrón, mientras que las otras dos eran diferentes. La tarea era muy fácil, como lo pone de manifiesto el hecho de que en un grupo control de 37 sujetos, que decidieron sus juicios en solitario, 35 no cometieron ningún error, una persona cometió un error y otra cometió dos errores. En conjunto se produjo un porcentaje de errores despreciable (0,7%). En la condición experimental los sujetos, sentados en semicírculo, debían dar sus juicios de viva voz y en el orden en que estaban sentados, del puesto 1 al 7. En realidad sólo existía un único sujeto (en el puesto número 6), puesto que el resto eran cómplices que, en cada comparación, respondían de manera unánime según lo acordado con el experimentador. En las seis comparaciones “neutrales” (las dos primeras y otras cuatro distribuidas a lo largo de la sesión) los cómplices respondían correctamente. En las restantes 12 comparaciones respondieron unánimemente de forma incorrecta. Las comparaciones neutrales, especialmente las dos primeras, servían para no levantar sospechas en el sujeto y evitar que éstos atribuyeran los errores a posibles problemas visuales de los cómplices.

Los resultados de este experimento muestran el tremendo impacto en un sujeto aislado de una mayoría obviamente equivocada pero unánime. En comparación con el grupo de control, que como se recordará sólo cometía un 0,7% de errores, los sujetos experimentales cometieron casi un 37% de errores. No todos los sujetos cometieron el mismo número de errores, pero resulta interesante observar la distribución de éstos. Sólo un 25% de los sujetos no cometió ningún error (frente al 95% de la condición de control). Además, un 28% cometió ocho o más (de doce posibles), mientras que el resto cometió de uno a siete errores.

Los resultados del experimento de Asch se han obtenido posteriormente en numerosas ocasiones, utilizando diferentes poblaciones y diferentes tareas.

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En la cultura occidental moderna se viene considerando que la autoestima global es un atributo psicológico de importancia cardinal. Cuando se posee en abundancia se aclama como panacea para problemas psicosociales como la delincuencia, la violencia y la neurosis. Cuando escasea se prescribe como remedio. No obstante, la acumulación de resultados está aumentando el escepticismo sobre la validez de la autoestima como remedio para éstos y otros males.

Problemas metodológicos
Aunque exista una correlación genuina entre la autoestima y cierta variable de interés, todavía está por asegurar la dirección de esa relación. Sin un estudio longitudinal, un análisis de ecuaciones estructurales o una manipulación experimental no es posible descartar la posibilidad a priori de que la autoestima sea una consecuencia más que una causa de la variable de interés. Por ejemplo, aunque se ha demostrado que la autoestima elevada va acompañada de extroversión no está claro cuál de los dos es el antecedente.

Autoestima y rendimiento
La relación entre autoestima y rendimiento en ámbitos académicos parece ser muy débil, puesto que las correlaciones tienden a ser modestas y variables. Además, la autoestima tiende a aparecer más como consecuencia que como efecto, y por si fuera poco, las intervenciones dirigidas a aumentar la autoestima o bien no consiguen influir sobre el rendimiento académico o más bien lo deterioran a través de un aumento de la complacencia.

Salud psicológica
El correlato más claro de la autoestima es el bienestar subjetivo, ya que predice de manera importante y consistente las medidas de satisfacción vital  y diferentes medidas de felicidad. También existe una relación negativa entre  la autoestima e indicadores de malestar psicológico: ansiedad, depresión, desesperanza y neuroticismo. Estudios experimentales y longitudinales muestran que la autoestima puede ser considerada como un mecanismo efectivo de enfrentamiento. Se ha encontrado que la autoestima puede tener un efecto adaptativo simple y que actúa mitigando la ansiedad en momentos de gran estrés.

Autoestima y salud física
Las pruebas existentes parecen apoyar claramente esta relación, tanto en salud general como en su relación con los indicadores  biológicos de salud. Además, parece guardar una relación  causal con los trastornos de alimentación.

No parece existir una relación clara entre la autoestima y adicciones como el tabaco o el alcohol, como tampoco parece tener una relación directa con la sexualidad. Quizás la autoestima  elevada ejerza efectos opuestos. Por un lado  proporciona autoconfianza para resistir a la presión  social o a las tentaciones de escapismo. Por otra parte, también induce iniciativas  más arriesgadas o prohibidas a  través de las ilusiones de invulnerabilidad.

Agresión y violencia
La sabiduría popular mantiene que una de las causas clave de la agresión y la  violencia puede radicar en una baja  autoestima. Sin  embargo, la literatura científica parece mostrar de manera bastante unánime que aquellos que agreden de hecho se encuentran bastante bien consigo mismos. La relación entre una autoestima elevada y la agresividad se ha intentado explicar desde el modelo del egoísmo amenazado. Desde este punto de vista, las personas de autoestima elevada mantienen visiones considerablemente positivas de sí mismas, de tal forma que es más probable que perciban la discrepancia que emerge de una evaluación negativa por parte de otra persona. Además, dado que se trata de personas con una especial tendencia a la seguridad en sí mismas y a tomar la iniciativa, es probable que enfrentados ante la disyuntiva de aceptar la evaluación negativa con culpabilidad o rechazarla con ira, escojan esta segunda vía de acción.

Comportamiento interpersonal
En los estudios con autoinforme, las personas con alta autoestima informan que son más populares, tener amistades superiores,  llevarse mejor con sus compañeros de trabajo, divertirse más con las interacciones sociales y experimentar mayor grado de apoyo social. Sin embargo, estudios  en los que las evaluaciones las dan compañeros muestran que los posibles beneficios de la autoestima para las relaciones sociales señaladas arriba son más una percepción distorsionada de las personas de alta autoestima que una realidad, puesto que las personas de alta autoestima no son más agradables ni más gustadas por los demás en estos estudios.

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En Japón, las entrevistas de trabajo parecen ser muy interesantes, los entrevistadores además de aplicar todo el protocolo que podría considerarse normal a la hora de seleccionar al candidato adecuado,  suelen comprobar mediante curiosos test la capacidad de reflejos, habilidades y destrezas. Como se puede apreciar en este juego, la lógica del aspirante al puesto de trabajo tiene un papel importante. Compruébalo.

Estas son las instrucciones para jugar:

– Todo el mundo tiene que cruzar el río utilizando para ello la balsa.
– La balsa sólo tiene capacidad para dos personas.
– Sólo saben manejar la balsa 3 personas: la madre, el padre y el poli. Sin uno de ellos a bordo, la balsa no se mueve.
– El padre no puede permanecer con ninguna de sus hijas sin que este presente la madre.
– La madre no puede permanecer con ninguno de sus hijos sin que esté presente el padre.
– El ladrón no puede permanecer con ningún miembro de la familia sin la presencia del policía.
– Para mover las personas haz click sobre ellos.
– Para que la balsa cruce el río haz click sobre las palancas rojas.

Sitio: http://freeweb.siol.net/danej/riverIQGame.swf

Para comenzar el juego hay que pulsar el círculo grande que está en azul.

Yo lo he conseguido, así pues, no me cabe duda de que podrás lograrlo. ¡Ánimo!

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  • La teoría del conflicto realista

La explicación más antigua sobre el prejuicio se basa en el hecho de que la mayoría de las cosas valoradas por la gente como un empleo importante o un alto status escasean. Eso deriva en una competición entre los diversos grupos por los beneficios y oportunidades más valorados, y el prejuicio surge a raíz de esta lucha. Cada grupo etiqueta a los miembros del otro grupo de “enemigos”, viéndose a sí mismos superiores y trazando límites cada vez más rígidos entre ambos grupos. Esta es la teoría del conflicto realista.

Sherif y otros psicólogos sociales (1961) llevaron a cabo una investigación sobre este tema que se considera uno de los clásicos en el estudio del prejuicio. En un campamento de verano, dividieron en dos grupos a chicos de once años y durante una semana realizaron actividades lúdicas con sus respectivos grupos. Después se enfrentó a ambos grupos en diversas competiciones que tenían como premio trofeos que eran muy valorados por los chicos, lo que derivó en tensiones, insultos y ataques entre ellos. En tan sólo dos semanas, ambos grupos mostraron elementos básicos de un fuerte prejuicio.

Sin embargo, el primer estudio contundente sobre las relaciones entre conflicto y prejuicio fue la investigación de Hovland y Sears (1940). Ellos encontraron que los linchamientos a afroamericanos en Estados Unidos variaban con respecto a la actividad económica del momento en una relación inversamente proporcional. Por el contrario, no pudieron demostrar una relación entre los crímenes por odio y el desempleo. A día de hoy, algunos hallazgos cuestionan sus resultados.

  • Experiencias tempranas: el aprendizaje social

Otra explicación sobre el origen del prejuicio sugiere que es aprendido y que se desarrolla a través de los mismos mecanismos básicos que el resto de las actitudes. De acuerdo con esta perspectiva del aprendizaje social, los niños adquieren actitudes negativas hacia varios grupos sociales debido a que las observan en padres, amigos, maestros y otros, las cuales son recompensadas (con amor, elogios y aprobación).

Además, también son importantes las normas sociales. La mayoría de las personas eligen conformarse con el grupo al que pertenecen, aceptan formar parte del “nosotros”. Si por el contrario un sujeto no cumple alguna norma social será estigmatizado dentro de su propio grupo, y en parte de los casos, marginado del resto de la sociedad o de su mayoría.

En general, las actitudes raciales de los individuos al ser adultos son un reflejo de las influencias de las actitudes de los padres y de las experiencias en su infancia con miembros de grupos minoritarios: cuanto menos prejuiciosos son los padres y más positivas fueran las experiencias, más favorables son las actitudes raciales de los sujetos.

  • Categorización social

Una tercera perspectiva se refiere a la categorización social, esto es, la tendencia a dividir el mundo social en dos categorías separadas: nuestro endogrupo (“nosotros”) y varios exogrupos (“ellos”). Esta segregación se basa en muchas dimensiones, tales como la raza, el sexo, la religión, el nivel de ingresos, etc. Según la investigación de Tajfel y Wilkes (1963), simplemente por pertenecer a dos grupos diferentes exagera las diferencias percibidas entre los grupos.

Esta categorización hace que veamos a los miembros del exogrupo de forma negativa y similares entre sí, mientras que el endogrupo se ve a sí mismo en términos favorables y se considera un grupo heterogéneo. Esta tendencia a realizar atribuciones más favorables y halagadoras a los miembros del propio grupo que a los miembros de otros grupos recibe el nombre de error final de atribución.

Esta tendencia a dividir el mundo social entre “nosotros” y “ellos” conduce al prejuicio, según demostraron Tajfel y sus colegas, con la teoría de la identidad social, que sugiere que los individuos buscan alcanzar la propia autoestima mediante la identificación con grupos sociales específicos. Sin embargo, sólo funciona si las personas implicadas perciben los exogrupos como superiores o competidores.

Un estudio de Hornsey y Hogg (2000) demostró que los individuos muestran actitudes positivas hacia miembros de otras culturas cuando se sienten seguros del propio grupo o identidad cultural. Sin embargo, si la distintividad del propio grupo se ve amenazada reaccionarán de forma negativa, y esta reacción se intensificará a medida que perciban semejanzas entre ambos grupos. Pero si los individuos sienten que su distintividad no está siendo cuestionada ocurrirá el efecto contrario: a mayor semejanza percibida, la reacción será más positiva puesto que la autoestima no se ve afectada.

Fuente:

Cabrejas, M. y Bastida, E. (2010). Los prejuicios. Murcia: Universidad de Murcia, Facultad de Psicología (no publicado).

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En este experimento se comprueba la hipótesis de la investigación realizada por los psicólogos sociales Dutton y Aron (1974). Pretendiendo demostrar cómo el cuerpo puede engañar a nuestro cerebro, haciéndole experimentar una sensación de atracción sexual ante la reacción fisiológica de temor por la situación. El rítmo cardiaco aumenta en esta situación de temor, y esa sensación hace que la persona de distinto sexo que está con nosotros nos resulte más atractiva sexualmente, y  por consiguiente, nos atraiga.

Se descubre así una conexión íntima entre la reacción fisiológica del miedo y la atracción sexual.

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Experimento de psicología social, en el que se pretende comprobar el poder que tiene la influencia social en las situaciones cotidianas de nuestras vidas.

En este video, donde se desarrolla el experimento en un ascensor, los sujetos con el círculo rojo no saben que están siendo grabados, mientras que las personas que hay o van entrando al ascensor, son todos actores que forman parte de la situación experimental. Dichos actores se cordinan para posicionarse de una forma particular, dejando así desconcertado al individuo, que no sabe que está siendo observado para comprobar el poder de la influencia social.

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